Puedes caerte del precipicio de mi ventana
hacia mi cama deshojada,
y puede que el misterio de mis labios
suene con el acorde de tus besos.
O puede que en el carmesí del mar rumiante
lave las orillas de tus mejillas,
maquillando la excusa
en el parpadear de mí andar.
Quizás el fulgor de un rayo veloz
te traiga como la fragancia hallada por el aire,
hacinando la hoguera flameante en mis venas.
Pueden emerger los llantos del tiempo
como lianas en la llanura,
tus curvas de finas hierbas.
El huracán baila la serenata de fuego
a tus pies de terciopelo.
Atesorando el amanecer,
cae rendido tras los recovecos
llenos de tu olor a musa.
Mientras planto bandera,
rindiéndome en tus piernas,
que postergan la guerra de los soles
y tus palabras truncadas.
Sigiloso el olvido,
se mece sobre la luna que te consuela.
Milagrosos los rosales tibios
entre el limbo y tu rostro,
traduciendo las culpas de mis dedos fugados
en el revés incandescente de tu figura árdida
posándose en el cristal diminuto
de una noche afligida.
Y sobre las finas ramas de un triste sauce cobarde
que decora la paciencia desértica de tus manos
acariciando las arrugas celosas de mi frente...
Los gorriones trinan en tu boca seca y sublime;
como un nido de locuras atesoradas
en el tirante del paisaje de mis horas mudas.

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