jueves, 8 de diciembre de 2011


 
Mis noches traen el cadáver de las hojas,
formando el puente del sol
hacia tu vientre

El arco iris eleva  y se subleva
con el brillo sudoroso de tu piel
colmada de mi sed rebelde.

Este es el aguacero de tenerte o perderte,
mis manos son la brújula indecisa
que te persigue por los suburbios
de mi pecho desértico.

Pronunciada la noche, te acercas ligera
en estos labios que se posan
sobre la marea de tu boca llovida.

El trinar del río caudaloso
pinta de alegría tus mejillas encendidas,
trazando la llama de mi partida.

Mis lágrimas desfilan al compás de los sauces abatidos,
camino a la distancia encadenada a tu nombre
que disfraza al bosque de racimos,
de esperanza muerta.

Marchan los silencios envueltos en mis manos,
esbozando los jardines tenues en tu pelo
inmutando el rocío de la melancolía.

Mis sonrisas se asientan en lo blanco de tus estrellas,
aguardando las nubes misteriosas del horizonte,
en tus pupilas entumecidas.

Fatigados los pasos de mis llantos,
se quiebran en la cresta perversa de tu boca.
y proliferan veloces  tus risas suicidas sobre las cortinas,
tapando en sequía la ruta de mi alegría fruncida.

Dibujando los mares constantes de tus pechos tibios,
protesto el fundamento de mis manos
marchitas de silencios impunes.


Estalla en cristales indomables ese lucero
que guía la sombra de tu cintura ardida,
como la fruta cálida de aquella colina.

lunes, 28 de noviembre de 2011




Puedes caerte del precipicio de mi ventana
hacia mi cama deshojada,
y puede que el misterio de mis labios
suene con el acorde de tus besos.

O puede que en el carmesí del mar rumiante
lave las orillas de tus mejillas,
maquillando la excusa
en el parpadear de mí andar.

Quizás el fulgor de un rayo veloz
te traiga como la fragancia hallada por el aire,
hacinando la hoguera flameante en mis venas.

Pueden emerger los llantos del tiempo
como lianas en la llanura,
tus curvas de finas hierbas.

El huracán baila la serenata de fuego
a tus pies de terciopelo.
Atesorando el amanecer,
cae rendido tras los recovecos
llenos de tu olor a musa.

Mientras planto bandera,
rindiéndome en tus piernas,
que postergan la guerra de los soles
y tus palabras truncadas.

Sigiloso el olvido,
se mece sobre la luna que te consuela.
Milagrosos los rosales tibios
entre el limbo y tu rostro, 

traduciendo las culpas de mis dedos fugados
en el revés incandescente de tu figura árdida
posándose en el cristal diminuto
de una noche afligida.

Y sobre las finas ramas de un triste sauce cobarde
que decora la paciencia desértica de tus manos
acariciando las arrugas celosas de mi frente...

Los gorriones trinan en tu boca seca y sublime;
como un nido de locuras atesoradas
en el tirante del paisaje de mis horas mudas.



Inerte me despierto y ando,
escuchando el discurso
que vociferan tus párpados.
Y me propongo firmemente
sobre aquellos eneros enterrados,
a ser el alguacil de tus pasos.

En este pantano lleno de recuerdos enfermos me recuesto,
escuchando los espasmos de tu cuerpo
ensimismado con mis abrazos,
mientras el afuera se confiesa  de la sabiduría
de nuestro amor tupido de fracasos.

Voy cruzando los trópicos de tus pechos,
borrando el pasado de este invierno
repleto de fragancias alteradas
con recuerdos colgados
en la mañana evaporada.

Busco ganarle a los espejismos del destino,
y tu sonrisa dibuja con semillas el sendero perverso
que me guía y se empecina,
en camuflarse entre mis versos.

Y peregrinan las sombras oscuras
en lo inexorable de tu cuerpo tendido,
en el deseo oculto de la noche sin olvido ni hastío
y es allí donde mueren mis ganas.

Tengo una alegría tan obtusa esta noche,
que se dispersa en la colina de tus pies
calcinados por el pincel.

Mis caricias suelen ser el argumento de tu piel
calada con el suplicio de las estrellas azoradas.
Milagrosa es la aurora que celebra en tu melena,
abarcando mi sombra marchita.

He podido soportar el resplandor de tu espalda
ensangrentada con mis besos difusos.
Luces como la primavera,
con ese collar de pétalos que acaricia tu cuello.

Es mi boca la que implora

regarse de palabras al nombrarte,

y las olas han de llamar tu ausencia,

bajo el manto de la llovizna  negra

que se llena con tu esencia.




                                         

Como una flaca promesa que viaja por el aire
van mis versos febriles buscando la libertad,
en atardeceres negros coronando tu cuello
con la sangre de mi pecho.

Afloran las llagas de mi alma,
como la sequía sostenida de la llovizna en tus costillas finas
de fina golondrina.

Pequeños caracoles celestes
usurpan el rico sendero de tu vientre,
van enlazando sus ecos con diamantes villanos.

Tus ojos maquillan la mañana clara,
con temibles soles ausentes
y nubes con llantos de celofán
  
 

                                                   


 

Siento una tibia libertad en el fresco aire que da tu ventana,
pintándote con mi acuarela,
te sufro eterna y brillante.

Deslizándote sobre trombas sangradas,

hallaste el mapa que te guía
hacia los gemidos en mi piel atrincherada.

Floreciendo en el antiguo cuento de tus ojos,

me acobijo en caricias de tus miradas tenues,
vaciladas.

Mi garganta se anida y lucha

con  la magia maciza de tu lengua escabrosa,
violenta.

Tímida la noche ruge a las estrellas,

cargadas de ambrosías del paisaje indomable
de tus rodillas mezquinas.

Vas forjando al viento con esa cintura tozuda,

postrando la tarde sobre aquel puente en mi lienzo celeste,
derramado con tus huellas nocturnas.

Y dormito en nuestra fina alfombra,

que es como un pedregal
de nuestras historias más eróticas.

Acariciándote la sombra fugitiva

y enarbolando la paz de la orquídea amarilla,
amarrada en tu puño de guerrera.

Las palabras se unen a la membresía del universo,

al idioma de tus labios dibujando 
los acordes de mis silencios.

 



El cielo se inunda de penas partidarias a mis silencios,

la llovizna se hace ligera, inundando las parcelas de cuerpo esquivo.

Ardidos tulipanes se devoran al aire tu aroma desgarrante.


Como un ciudadano en tu pecho viaja mi deseo, y se pierde entre las constelaciones de los ojales.

Divagando entre el papel, el viento se disfraza de amapola repartiendo la agonía  de tu piel húmeda y rojiza,

abasteciendo de humanidad la miseria de mis huesos.


La vereda te expulsa fulgurosa, mientras tejes caricias eróticas masacrando mi sangre árida.

La brisa huye y te encadena, avanzando hasta palpar tu bostezo amargo

cobijando la crudeza en mis despertares.

He podido eludir los disparos de tu primavera muerta,

pero he caído rendido en lo profundo de las regiones de tu seño y los abriles exacerbados.

 
Mientras mi grito se abraza a un pañuelo, amarrando los pliegues cristalinos de tus pies.

Te he visto en mis sueños súbitos, danzando con mis ganas,

arropando mis heridas cautivas, cultivando mi sangre por espanto.


En noches risueñas, me volví un equilibrista en tu almohada mientras me fundía entre piruetas en tus dedos de seda,

volaba en el azul velo en tu cuello fresco.

Los malabares se hacen eternos en el paraíso de tus cabellos de fuego.

Y así termina mi función dolida-siniestra, diluyendo nuestra mañana opaca.



 





Mientras la luna se posa sobre el infinito de tu ombligo,
mis secretos se derraman como perlas en tu sonrisa difusa.
Porque tus parpados engendran el atentado mas soñado,
reproduciendo los tibios sonidos de mi alma en redención.

Y caen las miradas...
como un diluvio eterno,
desde el remanso de tu nariz minúscula,
hasta el borde de tus labios de fina seda.

Como un lucero opaco de esperanzas,
brota este deseo de hacerme viejo
entre el infierno y el cielo de tus besos.

Resucita la patria dorada
de tus manos dibujando soles,
rebozando el inmenso invierno de mis recuerdos.     

Triunfan esos vestigios de paz revolcada en la clemencia,
como el imponente puñado de condenas en tu vientre,
que rasguñan estas fantasías,
llenas de desdichas.
    
Subes triunfante a esa nube secreta,
como si los soles y el viento
aparcaran el polvo de mis lágrimas.

La cruda nostalgia se hace presente
en el trasto de este cuerpo tan seco,
recordando soles y abriles despeinados
por soplos de ternuras ausentes.

Esta tregua descuelga retazos de tu aroma,
regados por mis poros asqueados de tiempos,
pulidos de llanto.   

El delirio se hace tibio desde el paisaje eterno
de tus manos radiantes como mares azules,
mis labios estrujan sabores
y se retuercen con besos pasajeros.

Porque aquí todavía retumban
como flores rotas las notas de tu voz dolida,
como abriles encerrados en nuestras nostalgias.

Como la tormenta que trae tus ausencias,
diluvian tus  caricias eternas,
relampaguean tus mejillas dormidas,
y los truenos ladran el miedo de amarte,
pese al tiempo.





 
Bajo mi cama aúlla enterrado mi amor encadenado,
trazando tus pupilas frías.
 en aquel sueño furioso  que entorna la noche,
para quedarse con tus miradas atadas a  mis ruinas.

Despierto escupiendo las  preguntas  de tu ausencia,
y desperezan las noticias 
sobre el cielo de tu imagen sangrando,
derramándose sobre mi camisa.

Porque estas olas apedrean mi ventana,
mordiendo tus sombras
o lamentando tu boca regada de ocasos.
 
En frascos flacos de sonrisas,
guardo las puntillas de tu espina,
algunos trozos de caricias lejanas,
los flecos de tus dedos eternos,
y  un puñado de cicatrices vanas.  

A mi paciencia le crecen ramas,
y se abraza al remanso de tu espalda,
como una proa sacudiendo al mar con sus cenizas,
al compás de aquella brisa cotidiana.

Los jazmines se me pegan como llantos,
como tus palabras que dislocan  el fervor sembrado
sobre el humo de mi alma mutilada
y este poema de retazos.













Voy a lucir la noche fría en tus ojos,

abrigándola con retazos de mí esperanza.
Para sentirte cerca, con tu calor alcanza.

Voy a bordar los fantasmas de tus dedos en mi pecho,
haciéndolos conciertos en sueños.

Para soñarte eterna, cuando caiga la madrugada.

Y Voy a fabricar tus pupilas encendidas,
alumbrando mis quimeras
voladas entre tus marcas.

Voy a derramar poesía sobre tu cama,
Para llenarte de palabras,
Para dibujarte una sonrisa lejana.

Voy a despedirte finalmente,
Con alguna estrofa poco clara,
Y con la pregunta que se escapa…
¿Vendrás tú mañana?





lunes, 21 de noviembre de 2011



                                                          
Cuando mi alma no sane y mis manos se cansen,
de tu profundo silencio…
de tus pechos apagados…
 tu vientre descalzo, tu boca insulsa y tus ojos maleantes.
¿Sabrá aquella brisa, que entre descuidos se llevo el aura de tus mejillas?

Inválidos mis deseos, que necios caminan por la noche,
suben y  trepan a las ramas de aquel letargo de tu ausencia.
Sagaces  aquellas comparsas de tus miradas
rodean la incertidumbre de mis deseos.
El insomnio de las verdades perturban las virtudes de aquella noche
en que nos inundamos en el perfume de nuestros cuerpos rozagantes.
Todavía me salpican aquellas crudas lágrimas invernales,
Y un misterioso rocío invade tu mirada,
Como imponente semblanza de aquellos guerreros abatidos
por tus manos difuntas.
Las alondras suben por mi pecho,
hambrientos deseos consumidos
por tu néctar congelado.
Silbando sonetos de tu cuerpo,
convalecientes deseos de emigrar hacia la costa
de un utópico encuentro primaveral de tu rostro.
Flagelantes desdichas en la colina de tu ausencia,
cada minuto sobre mí mirada cómplice a un amor
cultivante  de imposibles.
Desayunando la procesión de tus pasos,
Aflora el alba y lavo mi cara con el barro opaco sobre tus parpados,
peinando los fantasmas de tu visceral nostalgia…
mirando al espejo idolatro las pinceladas de tus pupilas.

Amordazadas gaviotas sobrevuelan sobre el puente de tus pies desnudos,
y peregrinan los duendes sobre tu ombligo.
Emperatrices camuflan vestigios de mi pluma
amurados al coral de tu cintura impura.

Miserable sombra de la luna
que no se inmuta por la incipiente penumbra de tus hombros al aire.
Mis pasos acorralados por una brisa de cobardía,
miradas perdidas, desconocidas,
ocultan las simpatías de las estrellas atrevidas.
Danzantes mariposas cobijan  el templo de tu vestido.
Reverente el rocío consumando en tu cuerpo,
acorazado entre las sabanas,
rindiendo tributo al ángel caído.
Los pétalos forman una ronda a tu sombra, pregonando mi tristeza.
Sospechosas centellas aguardan incesantes, terciopelos rugosos,
fundidos sobre el tobogán vagabundo de tu espalda.
Acunas mis lágrimas con tertulias inmaculadas de mis abrazos trizados.
Acampa mi fin desnutrido,
bajo el umbral de las amapolas impregnadas
en la copa del sauce lindero
al sombrío compás de tus piernas talladas.
Y comulgan las incesantes olas tiznadas,
al mar sin salida ni rebeldía,
hacia la costa intransigente,
como ecos de mis besos en tu frente.
Cobardes hechiceros furibundos atenazan mis sueños,
aflorando el dialogo entre el huésped intimo de mi soledad
y el jirón de tu sonrisa endeble.
Anárquicos los próceres, pregonan gobernar el túnel en tu cuello árido,
huye marchita la colmena degradada,
al pasillo de tu garganta agazapada.
Vacilantes las odas navegan relegadas,
como buscando tu súplica.
Juveniles las nubes lucen su cobardía,
decapitando al huracán amodorrado en tu regazo.

Ambicioso el otoño pierde tu sombra,
esculpiendo la imponente bravura, anillando tu melena insolente.
 La luna sentencia su agonía, tras tus  suspiros  exactos,
enlazados mis versos se devoran los recuerdos,
y humilladas las flores, divagan marchitas en el sendero de tus lágrimas espantadas.

Sirenas que envejecen, como rondando la ola madura,
áspera su espuma, resbalan, aplacando las muecas de tu silueta,
el exilio convoca mis lágrimas precipitadas colmando el bosque de tu ego.

Impudorosa la venganza de tu lengua como daga candente,
impregna recovecos de mi boca lánguida.
Prostibularias mis dudas siguen atrincheradas sobre tu lunar…
Y volubles mis suspiros al final de esa nota
se abarrotan en mi florido nicho, detrás de tu sombra.