lunes, 28 de noviembre de 2011



 





Mientras la luna se posa sobre el infinito de tu ombligo,
mis secretos se derraman como perlas en tu sonrisa difusa.
Porque tus parpados engendran el atentado mas soñado,
reproduciendo los tibios sonidos de mi alma en redención.

Y caen las miradas...
como un diluvio eterno,
desde el remanso de tu nariz minúscula,
hasta el borde de tus labios de fina seda.

Como un lucero opaco de esperanzas,
brota este deseo de hacerme viejo
entre el infierno y el cielo de tus besos.

Resucita la patria dorada
de tus manos dibujando soles,
rebozando el inmenso invierno de mis recuerdos.     

Triunfan esos vestigios de paz revolcada en la clemencia,
como el imponente puñado de condenas en tu vientre,
que rasguñan estas fantasías,
llenas de desdichas.
    
Subes triunfante a esa nube secreta,
como si los soles y el viento
aparcaran el polvo de mis lágrimas.

La cruda nostalgia se hace presente
en el trasto de este cuerpo tan seco,
recordando soles y abriles despeinados
por soplos de ternuras ausentes.

Esta tregua descuelga retazos de tu aroma,
regados por mis poros asqueados de tiempos,
pulidos de llanto.   

El delirio se hace tibio desde el paisaje eterno
de tus manos radiantes como mares azules,
mis labios estrujan sabores
y se retuercen con besos pasajeros.

Porque aquí todavía retumban
como flores rotas las notas de tu voz dolida,
como abriles encerrados en nuestras nostalgias.

Como la tormenta que trae tus ausencias,
diluvian tus  caricias eternas,
relampaguean tus mejillas dormidas,
y los truenos ladran el miedo de amarte,
pese al tiempo.

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