lunes, 28 de noviembre de 2011


 



El cielo se inunda de penas partidarias a mis silencios,

la llovizna se hace ligera, inundando las parcelas de cuerpo esquivo.

Ardidos tulipanes se devoran al aire tu aroma desgarrante.


Como un ciudadano en tu pecho viaja mi deseo, y se pierde entre las constelaciones de los ojales.

Divagando entre el papel, el viento se disfraza de amapola repartiendo la agonía  de tu piel húmeda y rojiza,

abasteciendo de humanidad la miseria de mis huesos.


La vereda te expulsa fulgurosa, mientras tejes caricias eróticas masacrando mi sangre árida.

La brisa huye y te encadena, avanzando hasta palpar tu bostezo amargo

cobijando la crudeza en mis despertares.

He podido eludir los disparos de tu primavera muerta,

pero he caído rendido en lo profundo de las regiones de tu seño y los abriles exacerbados.

 
Mientras mi grito se abraza a un pañuelo, amarrando los pliegues cristalinos de tus pies.

Te he visto en mis sueños súbitos, danzando con mis ganas,

arropando mis heridas cautivas, cultivando mi sangre por espanto.


En noches risueñas, me volví un equilibrista en tu almohada mientras me fundía entre piruetas en tus dedos de seda,

volaba en el azul velo en tu cuello fresco.

Los malabares se hacen eternos en el paraíso de tus cabellos de fuego.

Y así termina mi función dolida-siniestra, diluyendo nuestra mañana opaca.

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