El cielo se inunda de penas partidarias a mis
silencios,
la llovizna se hace ligera, inundando las parcelas de
cuerpo esquivo.
Ardidos tulipanes se devoran al aire tu aroma
desgarrante.
Como un ciudadano en tu pecho viaja mi deseo, y se
pierde entre las constelaciones de los ojales.
Divagando entre el papel, el viento se disfraza de
amapola repartiendo la agonía de tu piel húmeda y rojiza,
abasteciendo de humanidad la miseria de mis huesos.
La vereda te expulsa fulgurosa, mientras tejes caricias
eróticas masacrando mi sangre árida.
La brisa huye y te encadena, avanzando hasta palpar tu
bostezo amargo
cobijando la crudeza en mis despertares.
He podido eludir los disparos de tu primavera muerta,
pero he caído rendido en lo profundo de las regiones de
tu seño y los abriles exacerbados.
Mientras mi grito se abraza a un pañuelo, amarrando los
pliegues cristalinos de tus pies.
Te he visto en mis sueños súbitos, danzando con mis
ganas,
arropando mis heridas cautivas, cultivando mi sangre
por espanto.
En noches risueñas, me volví un equilibrista en tu
almohada mientras me fundía entre piruetas en tus dedos de seda,
volaba en el azul velo en tu cuello fresco.
Los malabares se hacen eternos en el paraíso de tus
cabellos de fuego.
Y así termina mi función dolida-siniestra, diluyendo
nuestra mañana opaca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario