Sufro el parpadear en
un otoño fugado, disperso en abriles congelados por la rosa que lo azora.
Los abrazos me
encuentran con mis hombros enjaulados, mientras los sauces rezongan las hojas
truncas, punteando mi aliento sube en la nube de tu figura y resucita el rocío
postergado del alba.
Constelaciones urgen
encantadas sobre tus hombros que llevan con toda rudeza de mis dedos acabados,
postrados… como pájaros en la corteza de mis manos.
El alba se encrudece
portando su muerte, con tu rostro… y proliferan las gaviotas disparando
orquídeas sangrientas en tu vientre cristalino.
Aquel sol se ha extraviado entre los algodones rugientes del cielo,
mientras cae copioso el polen por la seda clandestina que nos abriga de la
virgen primavera.

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