Inerte me despierto y ando,
escuchando el discurso
que vociferan tus párpados.
Y me propongo firmemente
sobre aquellos eneros enterrados,
a ser el alguacil de tus pasos.
En este pantano lleno de recuerdos enfermos me recuesto,
escuchando los espasmos de tu cuerpo
ensimismado con mis abrazos,
mientras el afuera se confiesa de la sabiduría
de nuestro amor tupido de fracasos.
Voy cruzando los trópicos de tus pechos,
borrando el pasado de este invierno
repleto de fragancias alteradas
con recuerdos colgados
en la mañana evaporada.
Busco ganarle a los espejismos del destino,
y tu sonrisa dibuja con semillas el sendero perverso
que me guía y se empecina,
en camuflarse entre mis versos.
Y peregrinan las sombras oscuras
en lo inexorable de tu cuerpo tendido,
en el deseo oculto de la noche sin olvido ni hastío
y es allí donde mueren mis ganas.
Tengo una alegría tan obtusa esta noche,
que se dispersa en la colina de tus pies
calcinados por el pincel.
Mis caricias suelen ser el argumento de tu piel
calada con el suplicio de las estrellas azoradas.
Milagrosa es la aurora que celebra en tu melena,
abarcando mi sombra marchita.
He podido soportar el resplandor de tu espalda
ensangrentada con mis besos difusos.
Luces como la primavera,
con ese collar de pétalos que acaricia tu cuello.
Es mi boca la que implora
regarse de palabras al nombrarte,
y las olas han de llamar tu ausencia,
bajo el manto de la llovizna negra
que se llena con tu esencia.

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