Mis noches traen el cadáver de las hojas,
formando el puente del sol
hacia tu vientre
El arco iris eleva y se subleva
con el brillo sudoroso de tu piel
colmada de mi sed rebelde.
Este es el aguacero de tenerte o perderte,
mis manos son la brújula indecisa
que te persigue por los suburbios
de mi pecho desértico.
Pronunciada la noche, te acercas ligera
en estos labios que se posan
sobre la marea de tu boca llovida.
El trinar del río caudaloso
pinta de alegría tus mejillas encendidas,
trazando la llama de mi partida.
Mis lágrimas desfilan al compás de los sauces abatidos,
camino a la distancia encadenada a tu nombre
que disfraza al bosque de racimos,
de esperanza muerta.
Marchan los silencios envueltos en mis manos,
esbozando los jardines tenues en tu pelo
inmutando el rocío de la melancolía.
Mis sonrisas se asientan en lo blanco de tus estrellas,
aguardando las nubes misteriosas del horizonte,
en tus pupilas entumecidas.
Fatigados los pasos de mis llantos,
se quiebran en la cresta perversa de tu boca.
y proliferan veloces tus risas suicidas sobre las cortinas,
tapando en sequía la ruta de mi alegría fruncida.
Dibujando los mares constantes de tus pechos tibios,
protesto el fundamento de mis manos
marchitas de silencios impunes.
Estalla en cristales indomables ese lucero
que guía la sombra de tu cintura ardida,
como la fruta cálida de aquella colina.
